#085 El arte como aula: identidad, cuerpo y educación emocional | Yamile Caparó 🇵🇪
¿Qué puede enseñarle el teatro a la educación? Una conversación sobre lo que la escuela suele aplazar: el cuerpo, las emociones y la creatividad como territorios legítimos de aprendizaje.
Hay conversaciones que uno prepara con preguntas y que terminan yendo a lugares que las preguntas no habían previsto, y esta fue una de ellas.
Cuando invité a Yamile Caparó 🇵🇪 a Después de Clase, sabía que íbamos a hablar de arte y educación, pero lo que no anticipé del todo fue la precisión con la que ella articula algo que la pedagogía contemporánea todavía no ha sabido integrar bien: que el cuerpo aprende, que la escena no miente, y que cuando a un niño se le da una hoja en blanco en lugar de un guion, lo que construye ahí dice más sobre él que cualquier evaluación estandarizada.
Yamile Caparó, es una reconocida actriz peruana a quien muchos recuerdan por su papel de Paula en El Último Bastión, la serie histórica de TV Perú sobre la independencia del país que en 2021 se convirtió en la primera producción peruana en llegar a Netflix. Es también psicóloga en formación, pedagoga teatral, facilitadora de procesos de autoconocimiento con jóvenes y fundadora de La Semilla Creativa, un espacio donde el teatro y la salud mental trabajan juntos para acompañar el desarrollo socioemocional de niñas, niños y adolescentes. Su trabajo ocurre en esa frontera poco explorada entre el arte, la psicología y la educación, y desde ahí tiene cosas relevantes que decir.
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La vocación no se planifica, se encuentra
Yamile llegó al arte por acumulación más que por decisión. A los 10 años entró a un taller de teatro igual que entraba al básquet o al tenis, sin ninguna intención vocacional detrás. A los 16, cuando el sistema educativo y la familia empiezan a exigir definiciones, lo único que podía identificar con claridad era que los martes y jueves, en esas clases, algo funcionaba distinto en ella.
Ese detalle tiene un peso pedagógico, porque si un adolescente tiene un espacio semanal donde siente que puede ser él mismo, ese espacio no es periférico al proceso formativo, sino parte de su núcleo. La pregunta que deberíamos hacernos es cuántos estudiantes tienen acceso a ese tipo de experiencia dentro de la escuela, y no solo fuera de ella.
Yamile también plantea una tensión: cuando la vocación se fuerza demasiado pronto, cuando un padre proyecta o una institución encasilla antes de que el estudiante haya tenido oportunidad de explorar, el acompañamiento puede volverse contraproducente, no porque orientar sea malo en sí mismo, sino porque sustituye la exploración por la confirmación de una expectativa ajena.
Lo que el entrenamiento actoral le puede enseñar a la educación
Durante sus estudios en España, Yamile vivió un episodio que refiere en la entrevista: su profesor le dijo que la escena estaba perfecta, pero que eso era exactamente el problema. Todo estaba controlado, y el arte no siempre lo está. La vulnerabilidad, el descontrol, es el punto donde aparece la humanidad, y es ahí donde el espectador conecta con lo que ocurre en escena.
Lo que se desprende de ese fragmento de la entrevista va más allá del teatro: lo que uno está controlando en su vida termina apareciendo en la escena. El arte funciona como espejo no porque sea terapia, sino porque el cuerpo en situación de exposición real hace visible lo que en otros contextos permanece oculto.
Para la educación, esto tiene implicaciones concretas. La escuela casi no trabaja la conciencia corporal ni la regulación emocional en contextos de presión, mientras que el entrenamiento actoral aborda justamente eso: escucha activa, presencia, tolerancia al error, capacidad de improvisar. Son competencias que aparecen en los marcos de referencia educativos, pero que raramente se desarrollan de forma sistemática en el aula ordinaria, porque no hay espacios, o momentos, diseñados para ello.
Psicología y actuación: cuando el cuerpo carga una historia
La formación en psicología clínica que Yamile está completando no llegó como un giro vocacional, sino como una extensión de lo que el teatro ya le estaba enseñando desde otro ángulo. Lo que la actuación le enseñó desde el cuerpo y la voz, la psicología lo fue nombrando conceptualmente.
El punto más relevante para docentes es este: el cuerpo carga historia, personal, familiar, social y política, aunque no seamos conscientes de ello. No es una afirmación abstracta, sino una descripción de cómo el trauma, la identidad y el contexto se inscriben físicamente en las personas, algo que la escuela, centrada predominantemente en lo cognitivo, no suele saber cómo leer ni acompañar.
La empatía, dice Yamile, funciona como el gimnasio: si no se entrena, no aparece sola. Es una práctica, no un valor declarativo, y requiere condiciones para desarrollarse. Nombrarla en el currículo no es lo mismo que darle espacio real en la experiencia escolar.
El argumento pedagógico para incluir el arte en el currículo
Le pregunté a Yamile qué le diría a los directivos de un colegio que dudan en incluir más arte, y su respuesta fue directa: el arte fortalece la autoestima del estudiante, y eso, traducido al lenguaje del rendimiento académico, tiene consecuencias observables. No porque el arte sea un atajo hacia mejores calificaciones, sino porque un estudiante que tiene un espacio donde es escuchado y donde su perspectiva importa construye desde ahí una base más sólida para cualquier otro aprendizaje.
Nos dejó esta frase: “Si queremos crear en el colegio un mundo que funcione bien, primero hay que hacer que los munditos funcionen bien.”
¿Crees que el arte tiene un lugar real en la educación formal, o seguimos tratándolo como complemento? Me interesa leer tu perspectiva en los comentarios.
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Nos vemos… después de clase.


