Voy a ISTE 2026 a buscar lo que la región todavía no nombra sobre IA en las aulas
Cinco problemas que ya están documentados en el mundo y que casi no discutimos en nuestras escuelas
"El segundo objetivo de la educación es formar mentes que puedan ser críticas, puedan verificar, y no aceptar todo lo que se les ofrece."
Jean Piaget, recogido por Eleanor Duckworth en The Arithmetic Teacher (1964)

Voy a ISTE desde 2018, cuando el evento se realizó en Chicago con más de 18.500 asistentes de 87 países, y cada edición confirma por qué sigo yendo: para quienes trabajamos en la intersección de tecnología y pedagogía, sigue siendo de los pocos espacios donde se puede pulsar, en tiempo real, hacia dónde se mueve el campo a escala global. Este año asisto como becario, y quiero agradecerlo explícitamente: ISTE decidió invertir en que algunas voces latinoamericanas estén físicamente en este evento, y me siento halagado y orgulloso por ello.
Pero escribo esto antes de viajar porque, mientras preparaba mi agenda, encontré algo que me inquietó: existen al menos cinco problemas relacionados con IA en educación que ya están medidos y debatidos con seriedad en el ecosistema educativo internacional, y que en nuestras conversaciones en Latinoamérica casi no aparecen. Quiero nombrarlos aquí con la misma exigencia con la que les pediría evidencia a otros, porque parte de lo que justifica este viaje es ir a buscarlos con nombre propio y traerlos de vuelta.
1. La erosión silenciosa del pensamiento crítico
Un estudio publicado en 2025 con 666 participantes de distintas edades y niveles educativos encontró una correlación negativa fuerte —un coeficiente de -0.75— entre el uso frecuente de herramientas de IA y las habilidades de pensamiento crítico, mediada por lo que los autores llaman cognitive offloading: la tendencia a delegar el esfuerzo mental en la herramienta en lugar de ejercitarlo uno mismo. Lo más inquietante es que los participantes más jóvenes mostraron mayor dependencia y peores puntajes que los adultos, justo el patrón inverso al que esperaríamos si la IA estuviera funcionando como un andamiaje que libera capacidad cognitiva en lugar de sustituirla. No es solo un problema de estudiantes: una investigación cualitativa sobre dependencia de IA entre docentes universitarios en Palestina encontró que el 89% de los participantes reportó alguna forma de atrofia en sus propias habilidades de escritura, pensamiento crítico o toma de decisiones —un hallazgo acotado a ese contexto específico, pero que vale la pena tomar en serio como señal de alerta, no como anécdota aislada.
Esto no tiene una solución de manual y nadie en ISTE va a presentar la cura definitiva; pero hay marcos que permiten diseñar experiencias donde la IA acompañe el pensamiento sin sustituirlo, y eso es lo que quiero profundizar allá.
2. Una integridad académica rota, sin solución técnica a la vista
Investigadores de Stanford, en un estudio publicado en julio de 2023 en la revista Patterns, evaluaron siete detectores de IA ampliamente usados con dos corpus: ensayos TOEFL escritos por hablantes no nativos de inglés y ensayos de estudiantes estadounidenses de octavo grado. Los detectores acertaron casi perfectamente con los ensayos estadounidenses, pero clasificaron como “generados por IA” más de la mitad de los ensayos TOEFL —una tasa de falso positivo del 61%. El mecanismo que identificaron los autores es técnico pero revelador: la escritura de hablantes no nativos suele tener menor variabilidad léxica y sintáctica, y eso reduce la “perplejidad” del texto, la métrica en la que se apoyan estos detectores. En otras palabras, escribir con menos riqueza léxica —algo característico de cualquier persona escribiendo en su segunda lengua— se confunde sistemáticamente con escribir como una máquina.
Si en Estados Unidos esto ya genera demandas y crisis de confianza en distritos escolares, vale la pena preguntarnos qué va a pasar cuando estas mismas herramientas —vendidas como soluciones universales— lleguen sin matices a instituciones latinoamericanas que las adoptan sin cuestionar los sesgos de origen.
3. Una brecha de gobernanza que ya está medida, y nos toca de cerca
UNESCO encuestó a más de 450 escuelas y universidades en mayo de 2023, con un 17% de las respuestas provenientes de América Latina y el Caribe. El resultado: menos del 10% de las instituciones tenía políticas formales o lineamientos institucionales sobre el uso de IA generativa. Una encuesta de seguimiento más reciente, centrada en educación superior, encontró que alrededor del 70% de las instituciones en Europa y Norteamérica ya tiene o está desarrollando lineamientos de IA, frente a un 45% en América Latina y el Caribe. No es una sospecha ni una proyección: es una brecha regional documentada por la misma organización que viene impulsando el debate global sobre gobernanza de IA en educación.
4. Una brecha de adopción entre el Norte y el Sur Global
Según el informe de difusión de IA de Microsoft AI for Good Lab, correspondiente al segundo semestre de 2025, el 24.7% de la población en edad de trabajar del Norte Global usa herramientas de IA generativa, frente a solo el 14.1% en el Sur Global —y la brecha crece, porque la adopción en el Norte avanza casi al doble de velocidad. Esto importa para la educación porque la conversación en foros como ISTE asume, muchas veces sin decirlo, un punto de partida de acceso y conectividad que no es universal. Parte de mi trabajo en Orlando será preguntar, en cada sesión que pueda, cómo se ve esa misma propuesta cuando el punto de partida es distinto.
5. Un riesgo del que casi no hablamos en público
El más difícil de nombrar, y quizás por eso el más urgente: el uso de IA generativa para crear contenido sexual no consentido entre adolescentes, y la extorsión que en ocasiones sigue. En Estados Unidos existe ya legislación federal específica desde 2025 —la Take It Down Act—, además de guías estatales para distritos escolares y currículo dedicado en países como el Reino Unido. En nuestra región, esta conversación prácticamente no existe en el discurso educativo público, pese a que las aplicaciones que permiten generar este tipo de contenido no respetan fronteras.
Por qué este viaje vale el esfuerzo
No voy a Orlando esperando volver con cinco soluciones bajo el brazo, voy porque la claridad estratégica que pueda traer de vuelta —no la cantidad de fotos del Expo Hall ni el número de sesiones que logre cubrir— es lo único que justifica el esfuerzo de este viaje y la confianza que ISTE puso en mí al otorgarme la beca. Y quiero cerrar con algo genuinamente positivo: que exista un evento de esta escala, con miles de educadores discutiendo estos problemas en voz alta, es exactamente el tipo de espacio donde se gesta el lenguaje y los marcos que después se traducen en política pública, formación docente y currículo.
Que ese lenguaje todavía no haya llegado con la misma fuerza a Latinoamérica —la brecha de UNESCO lo confirma— no es razón para el pesimismo; es la razón concreta por la que vale la pena que alguien esté ahí, tomando notas con la región en mente, y por la que voy a compartir lo que encuentre con la misma exigencia de evidencia con la que escribo esto.
Nos vemos… después de clase.



