La conversación que empieza antes de que hablemos
Nos gusta pensar que la educación sexual comienza el día en que una familia o una escuela decide conversar sobre el tema; para entonces, sin embargo, buena parte de la conversación ya ocurrió.
Ocurrió en el chat del salón, en el video que alguien compartió, en el chiste que hizo reír a todos, en la manera en que un adulto habló del cuerpo de otra persona delante de sus hijos y en el prestigio que obtuvo quien se atrevió a cruzar un límite; también ocurrió en los silencios, cuando nadie preguntó, nadie intervino o un adolescente concluyó que ciertos asuntos no podían llevarse a casa.
Por eso, cuando conocemos una conducta sexual violenta protagonizada por menores, es comprensible que la primera explicación apunte al teléfono o a la pornografía. Ambas son influencias reales y merecen atención, pero no bastan para explicar lo ocurrido.
Dos investigaciones recientes ayudan a mirar el problema con más amplitud. Protective Factors for Sexual Violence Perpetration Among High School and College Students: A Systematic Review, de O’Connor, Smith, Woerner y Khan (2024), encontró que la empatía, el apoyo familiar, la influencia de los pares y la conexión con la escuela pueden actuar como protección. Por su parte, Predictors of the Onset of Sexual Violence Perpetration in Adolescence and Emerging Adulthood, de Ybarra, Petras, Goodman y Mitchell (2024), siguió a 778 jóvenes y observó que estas conductas no aparecían aisladas: estaban relacionadas con el consumo de sustancias, la agresividad, los problemas escolares, la supervisión familiar, el entorno de amigos y la exposición a distintas formas de violencia.
No hay una causa única: hay aprendizajes, relaciones y silencios que pueden aumentar o reducir el riesgo.
Buscar una sola explicación puede tranquilizarnos, pero comprender cómo se combinan esas influencias puede ayudarnos a prevenir.
¿Qué están aprendiendo nuestros adolescentes sobre sexualidad, poder y pertenencia cuando los adultos no estamos presentes?
Esa es la pregunta que quisiera explorar.
Un currículo sin profesores
La sexualidad adolescente no se forma únicamente con información sobre el cuerpo; también se construye con ideas acerca del afecto, la intimidad, el poder, la vergüenza, la masculinidad, el rechazo y el lugar que cada persona ocupa frente a los demás.
Ese aprendizaje tiene un currículo informal. Enseña, por ejemplo, si insistir es una demostración de interés; si la vulnerabilidad da vergüenza; si un cuerpo puede convertirse en prueba de popularidad; si compartir una imagen íntima es una broma; si el grupo tiene derecho a decidir cuánto vale otra persona.
Las pantallas participan en ese currículo, pero no trabajan solas. En su libro Crecer entre pantallas, Cristina Fortuny, a quien tuve la oportunidad de entrevistar (aquí), recuerda que muchas prácticas digitales de los adolescentes satisfacen una necesidad muy antigua, la de pertenecer; los grupos de mensajería, los comentarios y los videojuegos no crean esa necesidad, aunque la vuelven permanente, visible y medible. Guillermo Cánovas plantea algo parecido en Cariño, he conectado a los niños: la identidad en línea y la vida fuera de línea forman parte del mismo desarrollo, de modo que educar no puede limitarse a instalar un filtro.
La pornografía merece una conversación seria, alejada tanto del pánico como de la indiferencia. En El consumo de pornografía en menores y la perpetración de violencia sexual: una revisión sistemática, Galiana-Molina y Julián (2025) analizaron 17 estudios y encontraron una asociación más marcada entre varones y ante contenidos violentos; los propios autores advierten, sin embargo, que todavía hay pocos estudios, medidas muy distintas y escaso seguimiento longitudinal. La asociación merece atención, pero no demuestra una cadena causal automática entre mirar y agredir.
Esta diferencia importa porque, si reducimos la prevención a bloquear contenidos, dejamos intactos los significados que un adolescente puede encontrar en ellos. Alguien tiene que ayudarlo a reconocer qué guiones representan dominación, cuáles confunden deseo con disponibilidad y cuáles borran la humanidad de la otra persona; esa conversación necesita comenzar antes de la primera crisis.
Cuando el grupo cambia las reglas
En la adolescencia, el grupo no es solo compañía: es un lugar donde se negocian la identidad, el reconocimiento y el estatus.
Antonio Milán lo explica en Adolescentes hiperconectados y felices al analizar la violencia entre pares: algunas conductas agresivas ofrecen una forma de dominio y reconocimiento, mientras el silencio de quienes observan ayuda a sostenerlas. Esto no significa que los amigos “causen” la violencia, pero sí que un grupo puede cambiar el costo social de una acción; una conducta que en solitario produciría duda puede parecer aceptable cuando ofrece aprobación, una historia que contar o una prueba de pertenencia.
El grupo también educa: puede normalizar el daño o convertirse en el primer límite.
Entre los factores identificados por Ybarra y sus colegas estaba la relación con pares que presentaban problemas de conducta. Otra investigación ayuda a entender qué puede ocurrir dentro de esos grupos: Longitudinal Links of Individual and Collective Morality with Adolescents’ Peer Aggression, de Gini, Thornberg, Bussey, Angelini y Pozzoli (2022), estudió la agresión adolescente en general y observó el llamado desenganche moral colectivo. En términos sencillos, el daño empieza a presentarse como un juego, la responsabilidad se reparte entre todos y la víctima termina convertida en culpable.
La misma dinámica puede funcionar en sentido contrario, porque un compañero que expresa su rechazo, detiene la situación o pide ayuda cambia lo que el grupo considera aceptable.
A veces hablamos con los adolescentes como si cada decisión ocurriera en privado, cuando también deberíamos preguntarles qué harán cuando todos estén mirando.
Saber la definición no basta
Enseñar el consentimiento es imprescindible. Permite nombrar un límite básico: ninguna interacción sexual es válida sin una decisión libre, informada, específica y reversible. Pero conocer esa definición no garantiza que un adolescente sepa sostenerla ante la presión de sus amigos, reconocer una relación desigual de poder o tratar a otra persona como sujeto cuando el grupo la ha convertido en objeto.
La revisión School-based interventions for sexual education and sexual violence prevention in adolescence: systematic review, de dos Santos y sus colegas (2026), encontró que las intervenciones escolares suelen mejorar los conocimientos y las actitudes, pero no siempre cambian las conductas. Allí está el reto: convertir lo aprendido en decisiones que puedan sostenerse frente al grupo.
Por eso, una educación sexual más completa debería ayudar a los adolescentes a:
reconocer cuándo el deseo o la curiosidad se convierten en presión;
cuestionar el prestigio que se obtiene humillando o exponiendo a otra persona;
intervenir cuando un amigo cruza un límite, sin ponerse en riesgo;
pedir ayuda y acompañar a alguien sin interrogarlo ni culparlo.
Una charla anual puede abrir una puerta, pero difícilmente cambia por sí sola las reglas de un grupo; ese aprendizaje necesita continuidad y debe formar parte de la vida cotidiana de la escuela.
Volver a entrar en la conversación
Los adultos no podemos controlar cada pantalla ni acompañar cada reunión, aunque sí podemos recuperar presencia en el proceso con el que los adolescentes interpretan lo que ven y lo que viven.
En casa, eso exige algo más difícil que vigilar: crear una relación en la que un hijo pueda contar algo incómodo sin anticipar humillación, castigo automático o pánico. Fortuny propone acercarse con curiosidad a la necesidad que una práctica digital está satisfaciendo; preguntar “¿qué te da ese grupo?” puede revelar más que revisar el tiempo de uso de un dispositivo electrónico.
También conviene observar lo que enseñamos sin darnos cuenta: cómo reaccionamos ante el rechazo, qué bromas dejamos pasar, a quién culpamos cuando circula una imagen íntima y qué modelo ofrecemos para reparar el daño.
Los adolescentes escuchan nuestras conversaciones incluso cuando creemos que la educación ocurre en otro momento.
En la escuela, la prevención tiene que abarcar a la comunidad completa: las clases, los entrenamientos deportivos, los patios, los viajes, los grupos digitales y los espacios con poca supervisión. Requiere reglas conocidas, adultos formados para recibir una revelación y procedimientos que no dependan de la improvisación; también demanda trabajar con las familias y con quienes suelen quedar fuera de la “charla de sexualidad”, como tutores, entrenadores, personal directivo y responsables de convivencia.
En Perú, los lineamientos de educación sexual integral aprobados por el Ministerio de Educación (2026) nacieron en medio de las tensiones políticas que rodean este tema. No los cito como una respuesta definitiva ni creo que deban aceptarse sin discusión; los menciono porque, aun con esas reservas, relacionan la educación sexual con el bienestar, las habilidades socioemocionales, el buen trato y las relaciones igualitarias. Su valor dependerá de que estas ideas lleguen a la práctica cotidiana y no queden reducidas a una sesión aislada.
La ciudadanía digital forma parte de este trabajo, y educarla exige algo más que enumerar prohibiciones: supone enseñar qué hacer frente a una imagen íntima, un contenido degradante, una presión grupal o una agresión que empieza fuera de línea y continúa en el teléfono. La pregunta importante no es si lo digital es “real”, sino qué responsabilidad tenemos cuando el daño pasa por nuestras manos.
Cuando algo ya ocurrió
Ante una posible violencia sexual, la prioridad cambia: primero hay que proteger a la persona afectada.
Escuchar significa recibir su relato sin culpar, sin mostrar incredulidad y sin pedir que lo repita ante cada adulto; también implica resguardar su intimidad. Los archivos, mensajes o imágenes que pudieran servir como evidencia no deben circular “para confirmar” lo sucedido, pues redistribuirlos puede ampliar el daño e incluso constituir otra vulneración.
La escuela tampoco debe convertir el caso en una mediación privada entre familias ni realizar su propia investigación antes de decidir si denuncia. La Resolución Ministerial N.° 383-2025-MINEDU incluye un protocolo específico para la violencia sexual entre estudiantes, aplicable a instituciones educativas públicas y privadas. Este dispone medidas inmediatas de protección, comunicación a las autoridades competentes, registro del caso y reporte en la plataforma SíseVe. La existencia de esta ruta busca que la respuesta no dependa del prestigio de la escuela, de la presión del entorno ni de la capacidad de una familia para hacerse escuchar.
En términos prácticos, las familias y cualquier persona que conozca el caso pueden:
comunicarse con la Línea 100 o acudir a un Centro Emergencia Mujer y Familia para recibir orientación;
acudir a un establecimiento de salud, donde la atención de adolescentes afectados por violencia sexual debe ser inmediata, confidencial y libre de prácticas revictimizantes, según el Ministerio de Salud;
conservar las conversaciones, audios, capturas o imágenes en el dispositivo original, sin reenviarlas, y denunciar el hecho ante la Fiscalía o la comisaría.
Proteger a la víctima es la primera obligación; a la vez, los menores que participaron en el daño necesitan una evaluación especializada y una intervención capaz de trabajar responsabilidad, empatía, sexualidad y violencia. Esto no equivale a diluir consecuencias, sino a reconocer que una respuesta educativa y terapéutica temprana puede impedir nuevas agresiones, una posibilidad que rara vez ofrecen la exposición pública y las etiquetas permanentes.
Una conversación para esta semana
Conversar no significa sentar a un adolescente frente a un cuestionario; puede ser más natural partir de una escena de una serie, un comentario escuchado en el colegio o algo que circuló en redes para preguntarle:
¿Qué comportamientos hacen que alguien gane respeto dentro de tu grupo?
¿Cuándo una broma deja de ser una broma y empieza a humillar o exponer a otra persona?
Si todos aprobaran algo que a ti te parece incorrecto, ¿qué te ayudaría a decirlo?
¿Cómo reconoces que la curiosidad o el deseo se han convertido en presión, dominio o violencia?
¿Qué necesitarías de nosotros para contarnos algo grave sin miedo a ser castigado, ridiculizado o culpado?
Es posible que no tengan respuestas claras, pero tampoco necesitamos corregirlos de inmediato, porque primero conviene escuchar qué reglas gobiernan sus grupos, qué temen perder y qué conductas han aprendido a considerar normales, para luego ofrecerles palabras y criterios que les permitan cuestionarlas.
Los amigos seguirán educando y las pantallas también, de modo que nuestra responsabilidad es ofrecer otra referencia: una forma de vivir la sexualidad que no necesite la humillación, el dominio ni el cuerpo de otra persona como prueba de pertenencia.
Nos vemos… después de clase.
Fuentes y lecturas
Bezerra dos Santos, K., Romera Leme, V. B., Fagundes dos Santos, A. C., et al. (2026). School-based interventions for sexual education and sexual violence prevention in adolescence: systematic review. Psicologia: Reflexão e Crítica, 39, 19.
Cánovas, G. (2015). Cariño, he conectado a los niños: guía sobre salud digital para familias y educadores. Mensajero.
Fortuny, C. (s. f.). Crecer entre pantallas.
Galiana-Molina, M., & Julián, M. (2025). El consumo de pornografía en menores y la perpetración de violencia sexual: una revisión sistemática. Papeles del Psicólogo, 46(2), 136–145.
Gini, G., Thornberg, R., Bussey, K., Angelini, F., & Pozzoli, T. (2022). Longitudinal links of individual and collective morality with adolescents’ peer aggression. Journal of Youth and Adolescence, 51, 524–539.
Milán, A. (2018). Adolescentes hiperconectados y felices. Ediciones Teconte.
Ministerio de Educación del Perú. (2025). Resolución Ministerial N.° 383-2025-MINEDU.
Ministerio de Educación del Perú. (2026). Lineamientos para la implementación de la educación sexual integral en instituciones educativas.
O’Connor, J., Smith, L., Woerner, J., & Khan, A. (2024). Protective factors for sexual violence perpetration among high school and college students: A systematic review. Trauma, Violence, & Abuse, 25(2), 1073–1087.
Ybarra, M. L., Petras, H., Goodman, K. L., & Mitchell, K. J. (2024). Predictors of the onset of sexual violence perpetration in adolescence and emerging adulthood. Prevention Science, 25(8), 1284–1297.



